13

Parte I 3:13am

Nunca supe cuándo empezó.

Tal vez siempre estuvo ahí.

El insomnio comenzó después del accidente. Nada grave, dijeron.

Un golpe leve en la cabeza. Observación preventiva. Reposo.

Lo peor no fue el dolor ni las semanas de recuperación. Fue volver a casa y descubrir que el silencio ya no se sentía vacío.

Desde entonces, la oscuridad dejó de ser ausencia de luz. Se volvió presencia.

Por eso tapaba los espejos. Por eso ponía sal en las ventanas. Por eso jamás miraba el reloj a las 3:13 a. m.

Fue de madrugada cuando ocurrió otra vez.

El televisor estaba encendido.

No recuerdo haberlo prendido.

En la pantalla había estática.

Pero en el reflejo… no.

Había algo detrás de mí.

Sentí su respiración antes de verlo. Fría. Lenta. Sin ritmo humano.

—No mires —me susurré.

Miré.

Nada.

Me levanté para cubrir el espejo del armario. Yo lo había cubierto antes. Estoy segura.

En el vidrio estaba mi reflejo. Correcto. Exacto.

Hasta que se movió antes que yo.

No fue un retraso.

Fue anticipación.

Sonrió.

Yo no.

Corrí.

Pero el pasillo no era el mismo. No se alargaba. Se repetía.

Cada paso me devolvía a la misma grieta en la pared. Al mismo cuadro torcido. A la misma sombra inmóvil en el techo.

Corrí más rápido.

La respiración detrás de mí no corría.

Se deslizaba.

Las paredes comenzaron a latir, como si algo enorme respirara dentro de ellas. El aire se volvió espeso.

—Debi…

Mi nombre no vino de atrás.

Vino del frente.

Intenté tocar la pared para orientarme.

La pared cedió.

No como pintura húmeda.

Como carne.

Retiré la mano.

Sentí cuatro dedos cerrarse sobre mi muñeca.

Dolor.

Real.

Caí.

Cuando levanté la manga, los cortes estaban ahí. Cuatro líneas paralelas.

El doctor diría que me los hice sola.

Pero yo sentí la presión.

En la sala, el televisor cambió solo.

Canal 13.

Un niño. Un carro. Un cuchillo. Sangre.

El niño dejó de ser imagen.

Apoyó las manos en el vidrio.

El vidrio se hundió como agua.

—Voy por ti, De.

—Voy por ti.

Algo trepó por mi espalda.

Pesado.

Con uñas.

Se acomodó sobre mi pecho.

Su rostro estaba demasiado cerca.

Pero detrás de sus ojos no había vacío.

Había profundidad.

Algo miraba a través de él.

Algo que no necesitaba su forma.

Intenté gritar.

No pude.

Y entonces todo fue oscuridad.

Parte II — El tratamiento

Desperté en el hospital.

Mi brazo vendado.

Cuatro cortes paralelos.

—Episodio disociativo severo —dijo el doctor con voz tranquila—. El cerebro puede producir dolor real bajo estrés extremo.

Me mostró la grabación de seguridad.

Yo sola.

Retorciéndome.

Arañando el aire.

Cada trece segundos, la imagen fallaba.

Un parpadeo negro.

En uno de esos parpadeos, algo parecía inclinarse sobre mí. Una silueta más oscura que la sombra.

—Interferencia digital —explicó.

Asentí.

Quise creerle.

Durante días todo fue normal.

Dormí.

Comí.

Hablé con él sobre el accidente.

Recordé el impacto.

El segundo antes del golpe.

El café derramándose sobre el asiento.

La música cortándose de golpe.

Y entonces aquel destello en el parabrisas.

Como si algo me hubiera estado observando desde el reflejo del vidrio mucho antes de que yo lo notara.

—La mente rellena vacíos traumáticos —dijo el doctor.

Tal vez.

Una tarde noté algo mínimo.

El doctor parpadeó.

Su reflejo en la ventana no.

Se quedó mirándome un segundo más.

Luego imitó el movimiento.

No dije nada.

Esa noche soñé con un pasillo.

El mismo.

Pero esta vez no corría.

Caminaba.

Y al fondo no había salida.

Había un espejo.

Parte III — Alta médica

Firmé el alta tres días después.

—Estás mejor —dijo el doctor.

Me devolvió mis pertenencias.

Entre ellas, el pequeño espejo de bolsillo.

—Enfrentar es parte del proceso.

Esa noche en casa todo estaba en calma.

Demasiada calma.

Sin televisor. Sin reloj. Sin sal en las ventanas.

Me acosté convencida de que todo había sido mi mente.

El accidente. El insomnio. La sugestión.

Algo me despertó.

No fue un ruido.

Fue peso.

Sobre mi pecho.

Abrí los ojos.

El espejo estaba frente a la cama.

Yo lo había guardado.

Estaba segura.

En el vidrio estaba mi reflejo.

Correcto.

Exacto.

Pero detrás de él no estaba la habitación.

Había oscuridad.

El reflejo levantó la mano.

Yo no.

Sentí dedos hundirse bajo mi piel.

No arañando.

Entrando.

El dolor fue profundo.

Interno.

Como si algo encontrara su lugar.

Intenté moverme.

No pude.

No era parálisis.

Era aceptación.

Sentí algo acomodarse dentro de mí.

Como si siempre hubiera estado ahí.

Esperando.

Y entendí algo peor que el miedo:

El accidente no fue el inicio.

Fue la invitación.

El reflejo sonrió.

Yo también.

Pero no decidí hacerlo.

A la mañana siguiente, el doctor escribió en su libreta:

Paciente 13: estable.

El número parecía absurdo. Una coincidencia más.

Hasta que levantó la vista hacia el espejo.

Vio su reflejo.

Correcto.

Exacto.

Pero detrás de él, en el vidrio, había doce figuras.

Inmóviles.

Observando.

Parpadeó.

Las figuras no.

Su reflejo respiró.

Él no.

Intentó apartar la mirada.

No pudo.

Porque esta vez, el pasillo estaba detrás del espejo.

Y al fondo…

algo ya venía por él.

FIN

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